El fenómeno de “la lluvia tras los cristales”



Dostoievsky, en su obra El Hombre Subterráneo, pone en boca del protagonista la siguiente reflexión: “¿Quién puede pensar, señores, en vanagloriarse de sus enfermedades y utilizarlas como pretexto para darse tono? Pero, ¿qué digo? Todo el mundo obra así. Precisamente de sus enfermedades extraen la gloria. Y eso hago yo, probablemente más que nadie”. Recuerdo que cuando yo mismo era un niño y un adolescente, en los días oscuros de lluvia “me gustaba” quedarme embelesado, mirando a través de los cristales de la puerta o las ventanas de mi casa, observando cómo el agua hacía burbujas y rodaba por el suelo de la calle. En esta situación casi hipnótica, con el sonido y la imagen monótonos del agua cayendo, invariablemente me entregaba a pensamientos de melancolía y de autocompasión. Pensaba en mi miseria por tener que encerrarme a estudiar y hacer tareas, por tener que ayudar en el campo a mi padre en muchas ocasiones, mientras que otros chicos de mi edad seguramente se sentirían libres de obligación y de presiones, o por sentirme tan solo mientras que mis compañeros formaban pandillas y salían con chicas. En muchos casos, mis ojos se ponían vidriosos y sentía que mi alma se desgarraba. Sin duda yo era víctima de una pesada e injusta existencia. Y supongo que todo ello me estimuló a querer estudiar Psicología. En esos mismos momentos, hallaba cierto consuelo en el pensamiento mágico consistente en creer que, algún día, muy probablemente la vida me recompensaría de tanta amargura con algún tipo de parabién que equilibraría la balanza de mi vida: tal vez me haría famoso, me caería la lotería, o aparecería una novia estupenda… Sólo mucho tiempo después fui plenamente consciente de que éste era verdaderamente un pensamiento mágico absurdo, y de que muy en el núcleo de aquel sufrimiento había anidado un placer extraño y perverso. Pero en realidad, esta situación de tristeza, autocompasión y victimismo que no compartía con nadie, era una manera implícita de ensalzar mi propio ego, de prestarme atención a mí mismo y de sentirme por momentos el centro de la existencia, como si ésta fuese un gran teatro o “complot” que se había organizado a mi alrededor. A la vez que ciertamente sufría, sentía un extraño confort y regocijo en esta situación. La necesidad de nuestro ego de hacernos sentir especiales es tan poderosa que busca fórmulas, generalmente inconscientes, para hacernos sentir incluso desgraciadamente especiales. Nuestro ego no soporta ser sólo uno más, no soporta que las cosas sean sencillas, no soporta no comparar, no soporta que seamos felices mucho tiempo. Nuestro ego detesta la humildad. Tiene que mantenernos destacados y hacernos sentir especiales de cualquier modo, aunque sólo sea en nuestro fuero interno, y aunque sea colocándonos en el trasero del mundo, para poder quejarnos de ello.

Pero mi mayor descubrimiento a raíz de esta experiencia, incluso antes de estudiar ampliamente Psicología, fue que no era cierto, como hasta ese momento había necesitado creer, que no podía evitar todos esos pensamientos y sentimientos desgarradores. Me dije: “¿Quién piensa y siente por mí?, ¿acaso alguien me instala esto desde fuera?, ¿o acaso viene condicionado ineludiblemente por mis genes?”. Empecé a percatarme de que toda aquella tortura interior no estaba allí por casualidad, sino que cumplía una función importante, un propósito (capítulo 2), y que por tanto no podía sacármela de dentro simplemente esforzándome en no pensar así, sino que debía entender y desactivar esa función. De manera liberadora, pero a la par incómoda y no poco vergonzante para mi propia conciencia, pude entonces empezar a ver que, en realidad, yo estaba en un nivel muy inconsciente eligiendo sentirme así, porque en cierto modo sentía que hacer lo que había que hacer para cambiar era todavía peor. Me dije: “Yo también puedo obsesionarme menos con los estudios y tomarme más tiempo libre, pero a una parte importante de mí le da miedo que eso baje mi rendimiento, dejar de ser de los primeros de la clase, que me llamen la atención por ello… Esos compañeros que tienen pandilla y salen con chicas no son mejor tratados por la vida que yo, sino que salen, se relacionan, hablan con las chicas y se arriesgan… y yo dejo que mi timidez y preocupación por no saber cómo relacionarme y quedar mal me mantenga encerrado entre mis estudios y mi deporte, pero a la vez quejándome de mi soledad e infortunio”. Entonces comprendí también que ningún azaroso o misterioso parabién vendría a salvarme, sino que yo debía hacer activamente algo al respecto si no quería que toda mi vida fuese un lamento, porque vi que en verdad el sufrimiento que estaba pretendiendo evitar era claramente, y a la larga, mucho menor que el que de este modo estaba padeciendo y me quedaba por padecer. Fue entonces, sobre esa conciencia, cuando surgió un punto de inflexión, cuando tomé mi propia decisión, una decisión desde muy adentro, desnuda, real, consciente de sus implicaciones y de su precio. Un “quiero y voy a cambiar” sin incoherencias ni paliativos, y ello implicaba no sólo la decisión de bloquear todos los pensamientos de comparación, victimismo y negativismo cada vez que volvieran apenas a insinuarse, sino paralela y necesariamente la decisión de reajustar mis horarios y dedicación al estudio, así como de empezar a salir y relacionarme más a pesar de mi timidez. Maduré la decisión durante mucho tiempo, me comprometí con ella un día, y trabajé por hacerla efectiva durante todo el tiempo restante que tardé en automatizar las nuevas conductas, diluir los pensamientos temerosos y las repetidas tentaciones de auto-engañarme y ponerme excusas para volver atrás. Las decisiones importantes deben ser renovadas de continuo ante los saboteadores internos automatizados, hasta que se integran en nuestro cuerpo y en nuestra actitud. Así surgió, desde la experiencia, la primera comprensión y conclusión, clara y crucial, sobre el funcionamiento de nuestro psiquismo, que integré ya antes de estudiar nada al respecto:

Que incluso nuestras reacciones más automáticas y emocionales albergan un propósito, que si no canalizamos nuestra energía de una forma más inteligente hacia el fin último que pretendemos sólo atentamos contra nosotros mismos, y que nuestros pensamientos, sentimientos y conductas constituyen un tipo de energía que tampoco se crea ni se destruye, sino que tan sólo se transforma. ¡Así que si queremos pensar y sentir menos X, tenemos necesariamente que hacer más Y, porque todo lo que no actuamos y ponemos apropiadamente en nuestras manos, en nuestras decisiones y acciones, lo llevamos de manera inapropiada en la cabeza!

Ahora, después de asentir, no caigas en la trampa de sentirte víctima de tu ego y tu inconsciencia, como si esto fuese algo ajeno o externo que te atrapa, y mantener así el juego de la autocompasión. La estructura que en honor a mi propia vivencia he llamado “el fenómeno de la lluvia tras los cristales” tiene mil caras que mutan y es un tipo de experiencia universal, cada persona con sus ejemplos, cada caso con su intensidad. Debes ser valiente para mirar tu propia realidad, y enfrentar de cara tu propio miedo y tu propia vergüenza. Así que de nuevo te sugiero que tomes tu tiempo para meditar honradamente sobre cómo todo esto viene afectando a tu propia vida. La honradez no es sino rendir pleitesía a la realidad, y ahora estamos hablando de tu realidad interna, de tu verdad emocional. Por dura que ésta resulte.

Extracto de ADICCIÓN AL PENSAMIENTO (AMPLIADO Y REVISADO)

5 Comentarios


  • Teresa.

    Ser capaz de anclar los momentos conscientes que aparecen como luces de esperanza, mientras el agitado naufragio de la mente ahoga en la inacción, al espíritu y fé de la persona que sufre, emocionalmente en la más absoluta soledad.

    7 octubre, 2017
  • Vicente

    Bonito título y excelente reflexión.
    En tiempos en que mucha gente pide cambios en nuestras estructuras sociales, quizás el inicio sea en cambiar valores individuales que hasta ahora parecen indiscutibles. Y vale, no es fácil, pero al menos habrá que intentarlo…
    Saludos.

    3 diciembre, 2015
  • Roberto Campos Jordán

    Existe y es real. El “cambio” no modifica las cosas en su origen pero sí tu percepción sobre ellas y esa nueva manera de afrontarlas, de relacionarte con ellas, provoca cambios en el entorno.
    Después de toda una vida con un estado de melancolía perpetua, con una voz interior negativa y limitante, y tras no poder afrontar una serie de sucesos en mi vida decidí iniciar un terapia psicológica. Decidí actuar, darlo todo, aceptar llegar al fondo de mis más arraigadas creencias Durante un año y medio, pasé de la negación a la aceptación, me entregué a un duro, muy duro trabajo de reconocer mis límites y mis propias mentiras. Una vez allí tal y como dice el artículo, sólo encontré miedo y vergüenza.
    Un día me levanté y el día anterior ya había sido la persona que soy. Durante un año y medio fue muy duro, sigo trabajando cada día, interiorizando muchas conductas que me permiten mejorar. Pero ahora puedo decir que soy consciente y estoy tranquilo, incluso en algunas ocasiones feliz.

    12 noviembre, 2015
  • Pedro Jara

    “Me resulta imposible creer que sea tan sencillo como simplemente proponérselo”. El caso, Margarita, es que proponérselo no es ni mucho menos tan sencillo, y eso es precisamente lo que pretendo ilustrar con mi experiencia. En el fondo el cambio siempre procede de una Decisión, pero hablamos de una decisión coherente, honesta, con mínimas contradicciones internas, y eso puede ser muy complicado e inusual porque requiere una consciencia profunda y completa de la naturaleza de la situación, de las opciones disponibles y de sus implicaciones o consecuencias. Cuando se nutre esa conciencia, en cambio, la decisión y la transformación puede seguir siendo difícil porque el miedo aún persiste, pero también es inevitable, porque ahora hay más miedo a no cambiar. No es fuerza de voluntad, sino la motivación que surge de la conciencia. La motivación y el valor no son cualidades que poseemos, sino procesos que fabricamos con nuestra comprensión amplia y nuestra conciencia sistémica.

    7 septiembre, 2015
  • Margarita

    me resulta imposible creer que sea tan sencillo como simplemente proponérselo. Tiene que haber una fuerza de voluntad fuerte, que no siempre nos acompaña, aunque sí creo que es un primer paso reconocer que toda esa negatividad no es lo mejor y hay que cambiar nuestro pensamiento más interno.

    6 septiembre, 2015

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