Guerras



Basta conocer medianamente la dinámica de las motivaciones humanas y el curso de la historia para comprender que todas las guerras han sido siempre, en último término, conflictos por el dinero o el poder, batallas por adquirir, ampliar o defender el control de los recursos. Las ideologías y las religiones no han sido ni pueden ser más que pretextos, señuelos y armas arrojadizas para el propio control de los peones, y de ese modo parte de la estrategia de unos pocos hacia el poder. La proclamación y expansión de las ideas nunca es el fin, sino el medio.

Cuando no logremos entender el sentido de una guerra es preciso mirar más arriba de los soldados y más allá del corto plazo, a través de una  densa nube de desinformación y manipulación mediática, para preguntarse: ¿Quién obtiene o puede obtener un beneficio de todo esto?, ¿qué recursos económicos, energéticos, de tierras o de poder en alguna forma se dirimen?, ¿quién hay más allá de los peones y los alfiles diseñando la estrategia del juego?

Lo psico-lógico



Frente a esa idea mítica y simplista de que el conocimiento psicológico no es en esencia más que una cuestión de aplicar bien la lógica y el sentido común, se contrapone el hecho de que los humanos no somos seres lógicos, sino psicológicos, y resulta que la dinámica de lo “psico” se carga casi todo lo “lógico”.

Precisamente, las personas solemos esforzarnos en aplicar la lógica ordinaria y el sentido común para solucionar nuestros problemas emocionales y relacionales a cualquier escala, sin percatarnos de que es precisamente así como de forma tremendamente habitual fabricamos o nos mantenemos entrampados en esos problemas. El buen sentido común no necesariamente coincide con el buen sentido de la realidad, y esto es particularmente cierto si hablamos de nuestra realidad psíquica.

Hay, como digo, una lógica ordinaria que responde a eso que llamamos sentido común, y que aunque es válida para muchas cosas resulta contraproducente para otras, como suele ocurrir en su aplicación a los sistemas complejos (atiéndase como ejemplo al tan aludido sentido común, sensatez y “como Dios manda” del señor Mariano Rajoy, que denotan una mente simplista). Esto genera errores bastante peligros tanto en la esfera individual (mitos que requerirían mucha explicación como que hablar de los problemas ayuda; que si tienes dudas al decidir hay que pedir opiniones; que hay que evitar aquello que se teme; que ante la obsesividad negativa hay que intentar distraerse, pensar en otra cosa y confiar en positivo; que si nos cuesta mucho hacer algo simplemente hay que ponerle más fuerza de voluntad, etc.) como en la esfera social (mitos como que de la crisis se sale creando riqueza, que el mundo se divide en buenos y malos, que si existe un buen nivel de vida denota que las cosas van bien, etc.).

Y por supuesto no hay una respuesta unívoca cierta a la cuestión de cómo solucionar los problemas emocionales. En un sistema siempre hay muchas vías de entrada posibles y diferentes palancas de cambio que es posible tocar para la reestructuración global del sistema. Según qué alteración, qué individuo, qué contexto o qué momento puede existir una palanca diferente susceptible de provocar una reestructuración óptima o de una manera más efectiva. Es por ello que las recetas estándar no suelen ser buena idea, y más bien hay que investigar en cada caso cuáles son los factores que estructuran el problema, siempre sistémico, y derivar de ahí las estrategias de solución más apropiadas.

A GOLPE DE VISTA



En ocasiones comento a algunos de mis clientes que no vale la pena preocuparse demasiado por el futuro, porque tal vez ni siquiera exista; y a continuación les digo que no obstante hay que tenerlo en cuenta, porque tal vez sí exista. Esta sencilla ejemplificación de la visión equilibrada de las cosas, cuyo alegato subyace prácticamente en casi todo mis trabajo y en casi todos mis escritos, no es sin embargo, como a menudo se entiende y se plantea por parte de otros comunicadores, una defensa del trillado “camino de en medio”. Si ciertamente Buda dijo alguna vez que la sabiduría está en el camino de en medio, debo discrepar de Buda, cuando menos en su manera equívoca de expresarlo. Sería mucho más oportuno hablar del camino integrador, como única vía para no alimentar el conflicto.

Esta comprensión se pierde de vista de continuo. Por ejemplo, cuando se hace la manida apelación a la importancia de estar en el presente, de vivir plenamente el aquí y ahora. Y es que percibo que suele entenderse como una necesidad de tener los sentidos despiertos a todo lo que es perceptible en cada momento, a las cosas que nos rodean, al propio estado de nuestro organismo y emociones, dejando de mirar el pasado y el futuro, en tanto en cuanto no son realidades sino sólo son proyecciones de nuestra mente. Pero resulta que esas proyecciones están también aquí y ahora, como experiencias mentales presentes, y que deben ser apreciadas como tales, en su oportuna identidad y en su justo valor. En el cuarto capítulo de mi libro “Adicción al Pensamiento” desarrollé la cuestión de cómo pasado, presente y futuro han de formar parte integrada del completo aquí y ahora, en base a una adecuada organización mental y a una conciencia plena acerca de los pensamientos como experiencias mentales presentes con una utilidad. Eso no es el camino de en medio, sino la conciencia sistémica en base a una mirada integradora de todo lo que es, en base a lo que fue, y a todo lo que podrá ser.

Si nos mantenemos colocados a un palmo de una pared sólo veremos un trocito de esa pared, y para verla de manera más completa tendremos que desplazarnos lateralmente de continuo para ir registrando otros trocitos. Viene a ser una metáfora del pensamiento analítico y fragmentado para el que estamos fundamentalmente instruidos. Pero si damos algunos pasos hacia atrás y tomamos perspectiva resultará que, a golpe de vista, podremos ver la pared completa, con sus cuadros, su puerta, sus ventanas… Una conciencia sistémica, sintética, una comprensión súbita e instantánea de la pared total. Todo está aquí y ahora, de la manera que nos permite decidir adecuadamente por dónde atravesar hacia el otro lado, por dónde no es posible, por dónde asomarnos… Y del mismo modo, así como también podemos elevarnos y tomar perspectiva para mirar el valle desde la colina, desde donde la espesura de los árboles no nos impida captar la estructura general del bosque, podemos aprender a mirar la vida misma, la diversidad humana y sus relaciones, el tiempo, el planeta, la acción del hombre y sus esperables consecuencias. Súbitamente, todo está aquí y ahora como un gran único organismo, disponible para quien aprende a tomar la posición correcta con la quietud y el silencio que permiten ver de manera integral, sin que los árboles del pensamiento nos impidan ver la realidad global en su continua interacción. Frente a la visión fragmentada y cortoplacista desde la que suelen evaluarse los problemas que nos acucian, en mi segundo libro, El Mundo Necesita Terapia, he intentado aproximar al lector esa mirada desde la colina para apreciar los grandes retos de la humanidad.

Se trata ésta de una mirada amorosa, en el sentido etimológico, original y mayúsculo de la palabra “amor” (unión integrada, ausencia de conflicto), lo cual nada tiene que ver con el deseo o el romanticismo; y a su vez es una visión acorde al mayor rigor apropiadamente científico. La mirada amorosa y la mirada científica están integradas, como no podría ser de otro modo, aunque tanto el concepto del amor como el de ciencia están ampliamente reducidos y desvirtuados. Se trata de la forma más elevada de sabiduría en la que podemos pensar, de la que derivan todas las acciones en verdad nobles y pertinentes. Y creo que sin tomar en cuenta las comprensiones que nos son reveladas por esa mirada, que sería así un elemento nuclear de la conciencia a la que el verdadero “homo sapiens” tendría que evolucionar, pero para la que no nos educan en absoluto, hablar de economía sostenible, o de respeto a la diversidad, o de ayuda al tercer mundo, o de cuidado del medio ambiente, o de políticas de igualdad, o de estar presentes… son, triste y sencillamente, zarandajas.

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