De rabia, amor y tristeza



La mayor parte de nuestra rabia es una manera de resistirnos a entrar en la tristeza, en ese sentimiento que nos encamina hacia la aceptación de lo que es. La tristeza es un sentimiento más noble, profundo y evolucionado que la rabia. Nos cuesta ver el amor, la ilusión, el anhelo que hay en la raíz de casi toda nuestra rabia, cuando no es la inseguridad y el miedo quien la sustenta. Amor y anhelo frustrados, ilusiones y expectativas resquebrajadas o rotas. Compartámoslo, hablemos de ese amor, de ese deseo de ser equipo con la otra persona, de cuán importante es para nosotros disfrutar de su compañía, de su cariño y comprensión, de su apoyo… Hay un anhelo frustrado en el fondo de cada queja, pero somos más dados a la queja que a la sinceridad. En pocas ocasiones hablamos de ese tipo de amor ahogado, porque la mayor parte de las veces ni siquiera lo reconocemos con nitidez en nosotros mismos. Nos resistimos a dejarnos caer en el humano y noble vacío de tristeza por que la otra persona no parezca compartir ni disfrutar del mismo modo esa manera de estar juntos y de disfrutarnos. Sin embargo, el hecho es que podemos exigir respeto, pero no podemos exigir amor; sólo podemos entristecernos por su ausencia y expresar el nuestro con honestidad, ayudar a que esa otra persona vea nuestra tristeza, nuestro anhelo y necesidad de ella como una expresión de amor hacia ella. Porque sólo así habrá una oportunidad de que se permita emerger de modo natural su propio amor y su propio anhelo de nosotros, cuando tal vez sigue ahí en su interior, parapetado tras los golpeados escudos de su orgullo.

Entrevista para Factory Magazine



Comparto la amplia entrevista realizada para FACTORY MAGAZINE:

http://www.factorymag.es/factoryvips/pedro-jara-vera-ciertos-logros-humanos-solo-tienen-valor-escaparate-del-ego/45612/

Lo que no/s enseñan



 

A lo largo de toda nuestra vida nos rodean los escritos, cursos y mensajes de todo tipo para que aprendamos diferentes estrategias de solución de problemas y conflictos, pero casi nadie, o nadie, nos transmite las comprensiones de raíz acerca de qué es y cómo se genera un problema o un conflicto, y los principios adecuados para no fabricarlos.

Nos enseñan los caminos hacia el éxito y la manera de lograr nuestros sueños, pero escasamente a dirimir el valor y adecuación de esos sueños, y a cuestionar qué hace más o menos importantes esos éxitos en nuestra vida.

Y es que nos enseñan a cumplir con nuestros deseos, pero no a comprender su relación con nuestras necesidades.

Nos enseñan a definir y alcanzar metas en la vida, pero no a clarificar, integrar y crear compromiso con valores; y de este modo, nos enseñan a enfrentar y superar el miedo al fracaso, pero no a orientarnos hacia objetivos sencillamente no fracasables.

Nos enseñan a mantener vivas la confianza y la esperanza, que son actos de fe y de creencia, pero no a cultivar la coherencia, como natural expresión de autenticidad.

Nos enseñan a defender nuestras opiniones y a pelear por nuestras convicciones, y tal vez a respetar las de los demás, pero no a desarrollar el conocimiento que trascienda y evidencie la futilidad de todas las opiniones y convicciones.

Nos enseñan que tenemos que ser nosotros mismos, pero no a reconocer de hecho qué somos.

Nos enseñan a nutrir nuestra autoestima, pero no a preservar nuestra paz interior.

Nos enseñan a sentirnos orgullosos de ser únicos, importantes y especiales, pero no a aceptar humildemente nuestra insignificancia y volatilidad, y a integrarnos en el común.

Nos enseñan a seducir, atraer y conquistar, pero no a ser y aceptar.

Nos enseñan a llenar nuestra vida de estímulos y experiencias, pero no a comprender y disfrutar del vacío, la sencillez y el silencio.

Nos enseñan a cambiar y a luchar, pero no identificar cuándo es apropiado rendirnos y permanecer quietos.

Nos enseñan que hay que hacer lo correcto, pero no a cuestionar los criterios que definen lo correcto.

Nos enseñan, en el mejor de los casos, a respetar la naturaleza en acto de benevolencia, pero no a comprender nuestra indisoluble pertenencia a ella y la forma de aprender a integrarnos en ella.

Nos enseñan a perseguir un estado de bienestar, pero no a defender un estado de dignidad.

Nos enseñan a vivir con intensidad, pero no a vivir del modo que permite morir en paz.

Nos enseñan lo que saben, nos enseñan lo que aprendieron.

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